En los albores del siglo XX, la península de Yucatán experimentó una transformación sin precedentes. Más allá del auge económico de la época, se gestaba en el seno de la sociedad yucateca una profunda revolución intelectual y cultural. En este escenario de efervescencia, las logias masónicas no fueron simples observadoras, sino verdaderos talleres donde se forjaron los cimientos de la modernización del Estado, siempre guiados por los principios universales de Libertad, Igualdad y Fraternidad. Lejos de cualquier controversia política, el verdadero legado de la masonería regular en esta época se encuentra en su incansable labor a favor de la educación laica, el libre pensamiento y la dignificación del ser humano.
Para los masones de principios de siglo, la ignorancia era la verdadera cadena que impedía el progreso. Por ello, el impulso de una educación libre de dogmas, basada en la ciencia y la razón, se convirtió en una prioridad ineludible. Desde las columnas de nuestros templos surgieron las mentes que estructuraron el sistema educativo moderno del Estado y cimentaron la educación racionalista. Un ejemplo preclaro de esta labor es el del ilustre Dr. Eduardo Urzaiz Rodríguez, pilar de la pedagogía en el sureste, rector fundador de la máxima casa de estudios de la región (la actual UADY) y quien, con gran honor, llegó a ocupar el cargo de Muy Respetable Gran Maestro de la Gran Logia Unida La Oriental Peninsular en 1932. Bajo el ideal masónico, él y otros grandes pensadores defendieron que la escuela debía ser un espacio de luz, capaz de emancipar la conciencia de la juventud.